Que el lenguaje denota mucho de la forma de pensar de cada uno y de una sociedad en general no es ningún secreto. De hecho es un argumento que usamos todos en algún momento para descalificar a alguien. De la misma forma, todos lo negamos cuando nos viene mal.Al caso. Conversación típica de bar sobre el conflicto árabe-israelí. Las típicas soflamas contra los judíos, el típico mensaje supuestamente antibelicista y, sobretodo, el típico desconocimiento. Manda cojones; tres cuartos de hora hablando del tema y ninguno sabíamos el nombre del presidente de Israel. Ni siquiera si es diestro, zurdo o centrocapista. Nada.
Pero la idea estaba bien clara; los israelíes son malos. Si lo extrapolamos a otras cuestiones de política internacional nadie dice nunca que “los italianos sean unos gilipuertas” o que “Cuba apeste”. Simplemente nos cagamos en la madre que parió a Berlusconi o a Fidel. Concretamos.
Sin embargo cuando se trata de los hebreos no hay problema en generalizar y culpar a todos los hijos de la patria. Mujeres y niños incluidos. Y luego los antisemitas se quejan de que les llamen por su nombre. Cuando realmente es lo que son. Tampoco es ninguna sorpresa.
Hitler demostró que la judeofobia existe y que es un resorte que, bien movido, motiva a los europeos que hemos sido antisionistas toda nuestra puta vida y aún conservamos cierta querencia. Joda a quien joda. Y quien no me crea que se escuche. El lenguaje es clarificador.



