Iba en el metro camino de Chamartín. Diez de la noche y los Credence sonando del iPod del tío que tenía al lado. En Cuatro Caminos subieron un grupo de dos chicas y un chico. Por la pinta y el acento diría que eran brasileños rozando la mayoría de edad. Nada más se sentaron les empecé a dibujar.Podría escribir una tesis con las diferentes reacciones de la gente cuando se dan cuenta de que les están retratando. En este caso levantaron la mirada en seguida, me sonrieron y una de las niñas me pidió que “sacara a su amiga guapa”. Después me pidió que se lo dedicara.
Eran marroquíes aunque ninguna de las chicas llevaba velo. Me quedé con la pregunta en la punta de la lengua pero después me la respondí solo. Justo cuando me dijeron que llevaban en España desde 3º de Primaria y que este año empezaban la carrera. En ese momento me pareció escuchar un crujido. Debían ser los huesos del profeta revolviéndose en su tumba.
Me lo contaban con toda la normalidad. Y yo me acordaba de ese artículo de Robert Spencer en el que se preguntaba dónde están los musulmanes moderados. Los tenía delante aunque no lo llevaran escrito en la cara. De hecho probablemente no supieran que lo eran y en su fuero interno siguieran cagándose en la puta que parió a Occidente.
Lo cierto es que, sin advertirlo, estaban adoptando las costumbres de una sociedad abierta. Y mientras dibujaba a la mora de marras pensaba si no estaría ante una nueva generación de inmigrantes que ya están integrados en nuestra cultura. Que no necesitan que venga ningún gilipollas a explicarlas lo que es la democracia, los derechos o su putísima madre. Que si los Beatles y la minipimer terminaron por cargarse el nacional-catolicismo, Shakira y los iPod se sirven solos para competir con la represión islámica.





