Después de llevar meses sin postear cuesta retomar algo de ritmo bloggero. Por suerte Carlos me ha echado un cable lanzándome un buen tema para discutir con él; la prostitución. Para quien no le haya leído, su argumento se basa en que el hombre es de naturaleza más promiscua que la mujer y por tanto tiene una mayor necesidad de sexo. Eso explica que históricamente se haya considerado el puterío como una profesión femenina. Y que es un sector que “tocará a su fin, cuando las “necesidades” masculina y femenina se equiparen”.Si Carlos tuviera razón no existirían gigolos. Ni mucho menos prostitución homosexual. A fin de cuentas, si los hombres tienen el mismo nivel de deseo ¿Por qué iban a pagar por lo algo que podrían conseguir gratis?
La respuesta es que el sexo siempre tiene un precio aunque no sea en dinero. Las emociones también son una moneda de cambio. Y como en el resto de mercados, cada uno pone sus tarifas. ¿Cuál es la diferencia entonces entre conseguir echar un polvo o comprar el pan?
Que el del sexo no es un mercado perfecto. Falta información. Cuando uno baja a la panadería sabe que la barra cuesta 0,50€. Pero nadie dice “subir a mi habitación supone dos horas de cortejo, un par de copas y que cumplas x requisitos”. Es un precio que hay que intuir. Y eso convierte el intercambio en un juego puñeteramente difícil.
La prostitución no es más que una isla de transparencia. La hora con Loly cuesta 300€. Punto. Y ese es el verdadero valor del sexo profesionalizado; la facilidad para acceder a la información... para el que le gusten las cosas fáciles. Y eso puede incluir tanto a hombres como a mujeres.












un discurso digno del mismísimo Demóstenes. ¿Qué ocultará tras el atril? No os perdáis el final del vídeo para ver a Hillary Clinton como jamás os hubierais imaginado.







